miércoles, 9 de julio de 2014

Mi Columna: Turno al bate.

Deyalitza Aray
Había tardado mucho el Gobierno Nacional en enfilar sus ataques contra uno de los líderes más respetados y demócrata con que cuenta la política venezolana. La estrategia fue montada desde que la enfermedad y posterior desaparición física de Hugo Chávez conllevan a asignar a Nicolás Maduro la responsabilidad del gobierno y la candidatura presidencial, quien a pesar de todo el poder es responsable de la pérdida de casi un millón de votos de los afectos que como herencia y legado había dejado el "comandante eterno". A partir de allí se hace necesario un nuevo accionar político que permitiera mantener ese gobierno que iniciaba Nicolás con un plomito en el ala, intentando consolidar un liderazgo que de antemano sabían que no poseía el nuevo huésped de Miraflores.
Se inicia así el plan, conscientes del debilitamiento político tanto del gobierno como de la oposición, acompañado del malestar general que se desarrollaba a pasos agigantados consecuencia directa del fracaso, por un lado de la gestión gubernamental y la decepción que por el otro generaba la ausencia de un líder genuino que inspirara la verdadera lucha y el reclamo de millones de venezolanos que no aguantaban ni aguantan más.
Se activa la estrategia, asesorados desde La Habana necesario sería comenzar a neutralizar a todo aquel que representara una amenaza para el régimen; las acciones y valentía de nuestros estudiantes que, interpretando ese malestar, apelaron a la única herramienta constitucional, legítima y natural para exigir un cambio: la protesta hecha calle, el reclamo, la exigencia, los hace encender las alarmas. Comenzaron las detenciones, las citaciones y los montajes; utilizan cualquier medio que luego se encarga -lastimosamente-, nuestro Tribunal Supremo de Justicia de legitimar y el Ministerio Público de materializar. Hablaron de golpe duro o suave, pero golpe al fin, de desestabilización, de guerra económica, guarimbas y la famosa Fiesta Mexicana, nada funcionó, cada día se hacía peor el ambiente interno y externo; la falta de comida, la inflación, las protestas, las muertes, las violaciones a los derechos humanos convierten Venezuela en noticia internacional, obligando al gobierno a llamar a dialogar, pero sin ceder, sin condiciones, sin sacrificios, lo que hace emerger una clara diferencia entre los que creemos en el país, en nuestros derechos, y los que aun así, concedieron el beneficio de la duda y creyeron más que el régimen los respetaría y cumplirían.
Se materializaron posiciones concretas y determinantes y allí como siempre estuvo la nuestra, la de Proyecto Venezuela, signada por principios y valores irrenunciables que nos sembró un líder como Henrique Salas Römer, que con su trayectoria ha demostrado suficientemente su talante democrático, estadista, gerencial, con visión de futuro y sentido de grandeza; de respeto al ciudadano y comprometido con la descentralización, la despartidización y la desmarginalización. Este líder que cual visionario aceptó el reto de aspirar a la presidencia de la República frente al entonces candidato Hugo Chávez y acertar en lo que ha sido la mayor verdad en nuestra política de los últimos tiempos: "(…) aquel que sea electo (…) marcará (…) con su capacidad de unir o desunir a los venezolanos, todo lo que va a ocurrir en Venezuela en los próximos 15 años". Demasiado peso para este gobierno, no podían dejarlo fuera, y luego del fracaso del llamado diálogo, se inventaron un supuesto plan magnicida para emprender una nueva arremetida esta vez contra un peso pesado de mucho valor y no podía ser otro que Salas, cuyas posiciones contundentes y sin medias tintas son referencia para los venezolanos y demasiado incómodas para la revolución.
En estos quince años, los venezolanos hemos ido recibiendo de parte del Gobierno primero de Chávez y ahora de Maduro, sucesivas imposiciones orientadas a la hegemonía institucional, política, militar y comunicacional, necesidad de la subordinación, la ausencia de críticas y la censura obligada que se aplica actualmente porque la revolución necesita silencio y lo que es peor no necesita críticos y no los permitirá, y como toda visión militarista de la política que se precie, a la Revolución roja le molesta y le incomoda la opinión disidente como la de nuestro líder y la de otros también afectados y perseguidos.
Hoy, cuando nuestro país atraviesa la peor de sus crisis, cuando el debilitamiento del régimen es cada vez más acentuado producto de su propia debacle interna en un proceso que no tiene vuelta atrás, no les queda más que apelar a la mentira y seguir con la persecución, ocultando su propia escoria en ese falso populismo de comprometerse a resolver de manera definitiva los problemas y garantizar el bien común, mientras detrás solo hay es una amenaza y el temor. La verdad es que para ellos no se trata de un problema de seguridad nacional, de lo que se trata es de cómo sostener un sistema que no es aceptado por medio país y ya ni siquiera es entendido por la otra mitad revolucionaria y chavista.

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